por Ramón Marín Pedroza
Cuando estamos uniformados o somos reconocidos como pilotos de la aeronave, aeropuertos u otros lugares públicos la gente emite juicios valorativos. Los pasajeros y en general la mayoría de las personas con las que interactuamos observan como caminamos, como nos presentamos y lucimos. Aún bien adentrados en el siglo XXI, en el que la actividad aérea forma parte de nuestra vida común, un alto porcentaje del público perciben en nuestra profesión valores considerados ideales y con un sentido ¨aspiracional¨; seguimos siendo héroes sin capa, parte de una industria con reminiscencias de glamour y encanto, dotados de habilidades especiales.
Así, la figura del piloto a través de las preconcepciones y de los juicios valorativos resulta en mayor respeto por parte de los pasajeros. Una imagen personal -con y sin el uniforme que nos distingue- pulcra y representada con dignidad traslada a la esfera profesional esos atributos; refuerza la confianza en nosotros, otorga al tripulante sin necesidad de imposiciones su autoridad y disminuye la incertidumbre y estrés en público.

Cada operado establece criterios reglamentarios en las tripulaciones técnicas y de vuelo, la mayoría destinadas a mantener la uniformidad y en el caso que nos atañe, una adecuada imagen. Fuera de los lineamientos particulares de cada empresa, algunos especialistas aconsejan evitar fumar a la vista de los demás, decir malas palabras (si, en nuestro caso aplica también dentro de la cabina tanto por lo que se escucha afuera como por lo que queda registrado en grabadoras de voz), pasear por aeropuertos escuchando música con audífonos personales, portar parcial o incorrectamente el uniforme y por supuesto tener un mal aseo. La representación de pulcritud y orden (que se eleva a imágenes de excelencia en el público usuario) están orientados a reforzar la imagen de nosotros mismos y luego, en segunda y feliz consecuencia, la de la empresa en la que trabajamos.
La gran mayoría de los pilotos pensamos que es atractivo, ¨cool¨ o ¨en onda¨ tener vistosas etiquetas en maletines de vuelo o llamativas cintas para portar el gafete. Cuando éstos hacen referencia a la aeronave que volamos o a la empresa en la que trabajamos tales artículos son usualmente vistos de manera aceptable por el público ya que extienden a la persona una idea de sistema, orden y organización asociada normalmente a la aviación. Por el contrario, cuando se portan distintivos ajenos -pensemos por ejemplo, en caricaturas, marcas de cerveza, o licor- el piloto está asociando su complejidad con la disrupción de un sistema bien establecido. Representar gustos personales fuera de contexto de aviación proyecta imágenes difusas para el pasajero; peligrosamente puede conceptualizar la imagen de un piloto poco disciplinado o confuso respecto a la interacción de sus ambientes de vida.

La propiedad (o impropiedad) de la imagen reflejada puede tener efectos negativos -en algunos casos pánico- en el público viajero. Una de las técnicas o terapias de más éxito para reducir el miedo a volar se basa en el aspecto cognitivo del psique. Se enseña al pasajero temeroso a separar estados de alerta de estados de miedo, y a su vez, éstos de peligro. La posición del usuario ante un organismo ordenado, seguro y eficiente (del cual somos parte y al cual le impregnamos contenidos de valor) le genera confianza.
A pesar que no depende de nosotros enteramente el éxito comercial de una empresa o actividad, es muy cierto que los distintivos icónicos de la actividad aérea se reducen a la aeronave y a sus tripulaciones (y es que, ¿quién piensa en el analista de cuentas por pagar cuando dicen ¨aerolínea ¨? ). Somos corresponsables de la buena o mala percepción pública, en algunos casos, el último eslabón en la elaborada cadena de producción del servicio de transportación aérea.

El manejo de redes sociales merece comentario aparte. La elevación y mantenimiento del ego a través de la exaltación del ¨yo soy¨ y ¨yo hago¨ llega a niveles patéticos, peor aún, puede tener implicaciones importantes por fotografías, videos o comentarios fuera de lugar y de la ley misma. Sí, la actividad aérea para muchos de nosotros es más que un trabajo y pernea hasta definir un estilo de vida, pero debe manejarse (cuando esté asociada nuestra profesión) un perfil discreto y hasta cierto punto, sobrio, acorde con los lineamientos expuestos arriba.
Nota: Este artículo fue originalmente publicado en la revista ¨Bitácora de ASPA de México¨ (Abril, 2017).
